Colombia conmemora 80 años de la masacre de las bananeras

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TeleSur   Foto de la época en Magdalena Unos 600 dirigentes políticos, sindicales, sociales y populares, empezaron a conmemorar en Ciénaga (Magdalen

TeleSur

 

Foto de la época en Magdalena

Foto de la época en Magdalena


Unos 600 dirigentes políticos, sindicales, sociales y populares, empezaron a conmemorar en Ciénaga (Magdalena) los 80 años de la masacre de las bananeras. Historia y recuerdo de esos hechos. Eliminados en una sola tarde centenares de obreros y sus familiares. Protestaban contra los abuso de la United Fruit. (…)

  

Apuntes históricos sobre la Masacre de las Bananeras

(Wikipedia)

 

La Masacre de las Bananeras es un episodio ocurrido en la población colombiana de Ciénaga en 1928 cuando las fuerzas armadas de Colombia abrieron fuego contra un número indeterminado de manifestantes, trabajadores de la United Fruit Company.

 

Sucedió el 6 de diciembre de 1928, cuando el presidente Miguel Abadía Méndez ordenó dispararle a un número número indeterminado de manifestantes reunidos en la plaza principal de Cienaga (Magdalena). Desde 1920, los sindicatos comenzaron a organizarse y a exigir un trato digno para sus trabajadores; por esta razón los treinta mil obreros de la empresa de obreros (United Fruit Company) entraron en huelga, pidiendo descanso dominical, mejor atención medica y mejor salario.

 

En la literatura, son dos las novelas donde este episodio histórico es estructural:Cien años de soledad, de Gabriel Garcia Marquez, y La casa grande, de Alvaro Cepeda Samudio

 

En el año 1926, La United Fruit Company llevaba 30 años operando en Colombia y explotaba a los trabajadores aprovechando la falta de legislación laboral en el país, mediante la utilización de un sistema de subcontratación que le permitía hacer caso omiso de las peticiones obreras.

 

Los trabajadores habían intentado huelgas en años anteriores para mejorar sus condiciones que terminaron sin resultados positivos para los huelguistas. Tras la realización de esto hubo demasiadas víctimas en su mayoría hombres.

 

En la tarde del 6 de diciembre de 1928, después de casi un mes de huelga de los diez mil trabajadores de la United Fruit Company, corrió el rumor  ( o se hizo circular ) de que el gobernador del Magdalena se entrevistaría con ellos en la estación del tren de Ciénaga. Era un alivio para los huelguistas, pues no habían recibido del gobierno conservador sino amenazas y ninguna respuesta positiva de la multinacional.

 

Desde el principio hubo brotes de violencia de todos los lados, los obreros, los agentes de la United y fuerzas armadas, pero no pasaban de escaramuzas aisladas. Por eso los huelguistas acudieron en masa a la estación de Ciénaga al encuentro con el primer funcionario gubernamental que se dignaba hablar con ellos.

 

Como pasaban las horas y el funcionario no llegaba, los ánimos se fueron exacerbando, tanto entre los manifestantes como entre los soldados emplazados en el sitio.

 

En ese momento, las fuerzas armadas dieron la orden de desalojo en 5 minutos, que fue desobedecida por los trabajadores quienes enardecidos vociferaban abajos a la multinacional y al gobierno.

 

El General Cortés Vargas, quien fue el que dio la orden, argumentó posteriormente que lo había hecho, entre otros motivos, porque tenía información de que barcos estadounidenses estaban cerca a las costas colombianas listos a desembarcar tropas para defender al personal estadounidense y los intereses de la United Fruit Company, y que de no haber dado la orden Estados Unidos habría invadido tierras colombianas.

 

Esta posición fue fuertemente criticada en el Senado, en especial por Jorge Eliécer Gaitán quién aseguraba que esas mismas balas debían haber sido utilizadas para detener al invasor extranjero.

 

El número de muertos no se ha determinado y sigue siendo motivo de debate. Según la versión oficial del gobierno colombiano del momento sólo fueron nueve. Otra versión es aquella contenida en los telegramas enviados el 7 de diciembre de 1928 por el consulado de Estados Unidos en Santa Marta a la Secretaría de Estado de Estados Unidos, donde inicialmente se informaba que fueron cerca de 50 los muertos. Más tarde en su comunicado del 29 de diciembre de 1928 indicó que fueron entre 500 y 600, además de la muerte de uno de los militares. Por último en su comunicado del 16 de enero de 1929 indicó que el número excedía los 1.000. Según el consulado, la fuente de dichas cifras fue el representante de la United Fruit Company en Bogotá. [1] Posteriormente diferentes versiones e investigaciones hechas por historiadores colombianos y extranjeros han hablado de otras cifras, de entre 60 y 75 muertos, como mínimo, o de alrededor de mil, como máximo.

 

Testigos han dicho que muchos cuerpos fueron llevados en trenes y arrojados al mar.

 

Fin de la huelga

 

Ante esta respuesta violenta, se produce la desbandada de los trabajadores y una rápida negociación, y como resultado de la misma aceptan recortar por mitad los salarios. La indignación obrera se estrelló contra una doble muralla que le impidió sacar frutos de la aciaga experiencia: de una parte, el temor anticomunista del gobierno de Miguel Abadía Méndez (1926-1930) que veía la revolución bolchevique a la vuelta de la esquina; y, su contraparte, la tozuda fe insurreccional heredada de las guerras civiles del siglo XIX y alimentada por las nuevas ideologías de izquierda. El resultado es que ni hubo la temida revolución, ni tampoco cuajó la ansiada insurrección. El aparente empate fue resuelto por un liberalismo reformista que tomó en sus manos el poder para intentar, sin mucho éxito, atemperar los espíritus e institucionalizar el conflicto laboral que era imposible soslayar.

 

García Márquez narra así la masacre en Cien años de soledad:

(Tomado de partidodeltrabajodecolombia.org)

 

    El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía  petrificada por una invulnerabilidad instantánea.

     Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta…Estaban acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban  siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras insaciables y metódicas de la metralla.

 

Y, recogiendo la versión de la historiografía oficial que pretendió, por encima de todas las evidencias, extirpar de la memoria colectiva la significación de los sucesos, sigue narrando:

 

    José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.

 

     –Debían ser como tres mil –murmuró

 

     –¿Qué?

 

     –Los muertos –aclaró él. Debían ser todos los que estaban en la estación.

 

     La mujer lo midió con una mirada de lástima. “Aquí no ha habido muertos”, dijo.

 

     Tampoco [Aureliano Segundo] creyó la versión de la masacre ni la pesadilla del tren cargado de muertos que viajaba hacia el mar. La noche anterior habían leído un bando nacional extraordinario, para informar que los obreros habían obedecido la orden de evacuar la estación, y se dirigían a sus casas en caravanas pacíficas.

 

     “Seguro que fue un sueño” insistían los oficiales. “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”.

 

 

 

 

 

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